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El Elixir de la Vida.

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Hay una guerra cósmica que se refleja en este plano material que conocemos como vida terrena.Desde tiempos inmemoriales se definió este eterno acontecimiento como la guerra entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, entre el cielo y el infierno.Seguimos en ese campo de batalla, y el territorio a conquistar por estas fuerzas superhumanas es el espíritu del hombre. Y esta en juego la libertad misma, la libertad de poder liberarnos de creencias y prejuicios que se inyectan en nuestra infancia a través de morales culturales que poco o nada tienen que ver con la superación de los sufrimientos. Mas la libertad que sale directamente de la llama del amor es a lo que aspiran nuestras almas que al encarnar se sienten encadenadas a una suerte de experiencias dolorosas y para las que no parece haber salida. Cambiamos los estados, hacemos revoluciones, dejamos atrás esposos y esposas, cambiamos de trabajo, de países o de amigos y seguimos encontrando las mismas vivencias allá donde vamos, solo cambian los escenarios y los rostros de los personajes, mas el drama sigue siendo el mismo. Huimos y cuando lo hacemos encontramos de nuevo aquello de lo que huimos. Solo cuando nos dirigimos a nuestro interior, hacia la esencia misma de nuestra propia existencia podemos encontrar respuestas, y en ellas la puerta hacia la libertad. Porque lo que buscamos, cuando empezamos a buscar es la liberación de las ataduras que nos encadenan a los sufrimientos repetidos.Y en ese peregrinar interior, en soledad y en gran humildad, porque primero tuvimos que dormir al cancerbero del ego para traspasar la puerta, encontramos el “sentido” de la existencia y nuestro papel en ella, que no es otro que extraer el conocimiento de la experiencia.

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Este “sentido” superior a lo que parece es la vida, rodeada de injusticias, siempre en busca de la seguridad y el crecimiento, en la competencia aparentemente  demencial y caotica, es el pilar donde nuestra existencia se hace consciente y adquiere una profundidad que transforma este aparente caos en un plan mas que diseñado para nuestro crecimiento. Es verdad que vivimos una experiencia de dolor constante, y el placer es fugaz y cada vez nos completa menos. El adormecimiento en que nos envuelven los noticieros y lo que creemos es la vida social misma, nos convierte en automatas, y como buenos, los menos, seguimos aferrandonos a las tradiciones y a las costumbres que nos arrojan un poco de seguridad y del sentimiento de hacerlo bien. Cumpliendo con la moral adecuada para cada epoca y pais. Mas nada de eso nos satisface. Y andamos locos como peonzas sin direccion.Encontrar el sentido de que somos recolectores de experiencias y de que de nosotros depende con que nos quedamos de ellas, es lo que decide nuestro “estar” y nuestro “trascender”. Y ese es el objetivo basico de cualquier evolución: La Trascendencia. Convertir como la alquimia el plomo en oro. Lo grueso en lo sutil. El veneno en medicina.  El Elixir de la vida misma, como si fuéramos unas abejas humanas que recogemos el néctar a través de las experiencias buenas y malas, pero que debemos convertir en miel y esa miel de Dioses nos es otra cosa que la Sabiduría. La Victoria de la Luz mientras volamos entre tinieblas.
Toni Maya
Dia de la Cruz
3 de Mayo de 2015

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Dios deseado y deseante. Juan Ramón Jimenez.

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TAL COMO ESTABAS

En el recuerdo estás tal como estabas.
Mi conciencia ya era esta conciencia,
pero yo estaba triste, siempre triste,
porque aún mi presencia no era la semejante
de esta final conciencia

Entre aquellos geranios, bajo aquel limón,
junto a aquel pozo, con aquella niña,
tu luz estaba allí, dios deseante;
tú estabas a mi lado,
dios deseado,
pero no habías entrado todavía en mí.

El sol, el azul, el oro eran,
como la luna y las estrellas,
tu chispear y tu coloración completa,
pero yo no podía cogerte con tu esencia,
la esencia se me iba
(como la mariposa de la forma)
porque la forma estaba en mí
y al correr tras lo otro la dejaba;
tanto, tan fiel que la llevaba,
que no me parecía lo que era.

Y hoy, así, sin yo saber por qué,
la tengo entera, entera.
No sé qué día fue ni con qué luz
vino a un jardín, tal vez, casa, mar, monte,
y vi que era mi nombre sin mi nombre,
sin mi sombra, mi nombre,
el nombre que yo tuve antes de ser
oculto en este ser que me cansaba,
porque no era este ser que hoy he fijado
(que pude no fijar)
para todo el futuro iluminado
iluminante,
dios deseado y deseante.

Juan Ramón Jimenez