Los Políticos. El síndrome de la Notoriedad.

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ALGO de verdad debe de haber en esa imagen de los políticos siempre vestidos de cartón,  yendo de acá para allá apresuradamente, comiendo menús de lujo sin que les aprovechen, consumiéndose en eternas reuniones,  mintiendo en mitines y declaraciones de prensa, y siempre rodeados por un enjambre de personas que revolotean a su alrededor haciéndoles la pelota, y siempre pendientes de que sus propios compañeros no les apuñalen por la espalda.

No parece una opción de vida muy saludable,  pero lo cierto es que hay una inacabable lista de candidatos a asumirla.

Alguna substancia altamente adictiva debe contener eso que llaman notoriedad, y esos infelices están enganchados a ella como el yonki a la heroína, y ya se sabe, uno se mete en estas cosas básicamente porque tiene la autoestima por los suelos.

Nosotros somos los culpables, admitámoslo. Nosotros proveemos la substancia al regalarles una atención exagerada a través de los medios, y también al contemplarles devotamente cuando les pillamos en una terraza de bar, entrando en una tienda o paseando por la calle, y ya no digamos si además les aplaudimos, jaleamos o tiramos de la manga de la chaqueta suplicando un selfie.

Si en lugar de eso les miráramos con lástima por su adicción, quizá se verían como lo que realmente son, unos pobres diablos que se arruinan la vida a cambio de que la gente les reconozca, y a la larga superarían el mono.

Y quizá no esté de más recordar que los que mandan de verdad no salen nunca por la tele.

Y volviendo a Zhuangzi, que vivía en un tiempo no tan diferente al nuestro:

Estaba Zhuangzi pescando en el río Pu, cuando el rey de Chi despachó a dos de sus altos dignatarios para que le comunicaran su intención: “¡Es mi deseo confiarle la carga de este mi país!” Zhuangzi, sin soltar la caña ni tornar la cabeza, les dijo:

-”Tengo oído que en Chu hay una tortuga prodigiosa, que murió tres mil años ha. Vuestro rey la guarda en el salón noble de su palacio, envuelta en un paño y dentro de un cofre de bambú. Esa tortuga ¿quiso morir para que sus huesos fueran venerados, o hubiese preferido seguir viva aún arrastrando su cola por el fango?”

-Hubiese preferido seguir viva arrastrando su cola por el fango -respondieron los dos dignatarios.

-Idos ya -dijo Zhuangzi-. También yo prefiero arrastrar mi cola por el fango.

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Zhuanzi (-369 a -286) fue uno de los maestros que, gozando de una gran reputación en su tiempo, escogieron una vida retirada, entendiendo que su incorporación al sistema implicaba la renuncia a sus ideas fundamentales. Pertenece a la tradición taoísta de los yinshi, o sabios ocultos. El tiempo les da la razón.

Via:www.jmromero.com

Articulo: Notoriedad vs. Recogimiento