El crisol radiante que esconde el tesoro deseado Cartas de Sergio Etcheverry

“Ante todo pídele con una oración muy constante que lleve a su término toda obra buena que comiences” (San Benito de Nursia, Regla).

Elevamos una plegaria, sólo eso, una plegaria y todo se formó. El Señor lo enseñó, así como una sola palabra creó la naturaleza toda una plegaria bien elevada obra maravillas. A Su tiempo todo sobrevino: El llamado, el posterior viaje, la llegada y el encuentro con quienes debían estar allí convocados bajo la excusa de “otro” curso espiritual más.

Cuando el Sol marcó el día indicado, navegamos hacia la playa, adonde en ciertos instantes eternos de nuestras vidas los hombres somos conducidos por el brillo inconfundible de la santa leche de la Virgen. El lugar había sido previamente marcado por obra del Espíritu de la gracia que conduce los buenos pasos; Y cuáles son los verdaderos buenos pasos sino aquellos que unen a la tierra con el cielo.

Así fue todo ese día. Con la simpleza de las cosas santas, que no se piensan… ya que la verdadera conciencia es el proceso de ser invadido por Dios. Entonces, la plegaria elevada se manifestó en sustancia y todo se materializó. El Sol, el mar, nuestros amigos de allá y de aquí, el “lecho nupcial” para coronarla boda entre lo de arriba y lo de abajo, lo invisible y lo visible: “La bendición de Dios es lo que envía el agua de vida, y su amor es lo que encarna el fuego santo”. (Louis Cattiaux, El Mensaje Reencontrado, libro IV, 37′). Así la bendición se materializa por el agua que todo lo fertiliza y el fuego es el nitro de vida que todo lo anima.

Pero: ¿Cuál es la vía de iluminación que, cómo una estrella, separa la oscuridad y te conduce a ese tesoro deseado?
Esa luz no es distante. Está encarnada en tu propia alma y en su fuego vivo, que se expande mediante el bendito arte de orar. La oración, como arte de lo secreto, es el puente vibracional que une al fuego celestial con el fuego encarnado. Es el espíritu, compuesto de agua y de aire, el que restablece el enlace que hemos perdido desde la caída con el misterio supremo del fuego viviente de la comunión divina. Nos enseñó Cattiaux: “Sin la bendición de Dios, somos totalmente impotentes para manifestar aquí abajo la vida del Señor de resurrección. La luz de Dios primero fecundará nuestras tinieblas interiores, después, nuestras tinieblas manifestarán la luz de Dios”. (Mensaje Reencontrado, libro XXXVII, 54-54′).

El espíritu une los extremos visibles (tierra/sal) e invisibles (cielo/fuego). Es así que la fuerza de la oración reside en los medios que unen el Cielo y la Tierra, es decir el Aire y el Agua donde se expande el Espíritu Santo. El espíritu es una fuerza universal y el alma es personal en cada criatura. La unión de estos principios genera la vida que anima tu existencia. No hay retorno al Paraíso sin recuperar, paso a paso, la memoria de nuestro espíritu que lleva a la verdadera Obra. La oración consciente despierta la voz de nuestros guías celestiales que resonarán en el oído del corazón y despertarán los instintos aún “dormidos” del Arte divino que conduce al Uno.

Es cierto y muy verdadero, la oración despierta nuestra memoria del Paraíso y nos acerca a su excelsa vibración. Como una campana resonante de luz, atraviesa el eje de nuestra existencia, destilando la oscuridad y coagulando en nuestro cuerpo el verdadero espíritu del amor de nuestro único Señor. Esta memoria de la eternidad nos es muy esquiva, pero cuando en un instante de vida se manifiesta fulgurante, por decisión divina, la paz ordena nuestro ser y produce efectos casi inconcebibles. Así, cuando Dios nos invade, el todo se nos revela y derrama una gota del perfume de su piedra de luz.

Una mañana en Santa María de los Buenos Aires, arrodillado frente a mi cuaderno de oraciones, una voz habló en el secreto de mi oído divino: “Aunque te parezca una locura, en verdad no existe la oración por sí misma. Aquí abajo sólo existen los orantes que corporizan su espíritu, lo inflaman en sus corazones, lo beben como el elixir de la vida y lo proyectan a los cielos surcando los astrales donde todo es creado”. Cattiaux, acompañado de su inseparable gato, dice: “El fin es como el principio pero el medio nos ilumina. «La Plegaria. La Estrella. La Piedra»”. (El Mensaje Reencontrad, libro I, 2′) Y pensé, la Plegaria es oración encarnada, la Estrella es el medio vibrante que la ilumina, recoge y proyecta al éter y la Piedra el cuerpo sagrado del Uno.

Vivimos una realidad de la que pocos son conscientes. El fuego que derrama el cielo contiene la semilla universal de la fe que Dios siembra en cada una de sus criaturas, la oración es el cuerpo místico que reúne a cada una de ellas con los destellos de la vida eterna. La vida es una cadena áurea de resonancias: aprende a tocar diversas campanas de luz en la correcta afinación y los Cielos se te irán abriendo, astral tras astral. Ora con simpleza en el secreto de tu corazón y el Padre te hará revelar por sus enviados alguno de sus infinitos nombres que develan los misterios del arcano viviente.

Es tiempo de Iluminatio frente a tanta ceguera. Sólo muy pocos entre millones y millones de seres humanos tomaron conciencia del poder inconmensurable de la oración y del secreto. Sólo algunos, verdaderamente muy pocos, recibieron la llave para comprender las leyes de la vida, la muerte y el camino del retorno. No lo olvides,la fe y la piedad de Dios son universales, el verdadero conocimiento es secreto, personal, revelado y sólo conduce al Uno.

Cada día aquí recibirás la fuerza divina del spiritus mundi con cada respiración. Inspírate, haz crecer tu fuego, tu conciencia se elevará y tendrás más piedad de todos tus hermanos y habrá actos de tu vida que dejarás de hacer. Recordarás que hay obligaciones, recompensas y castigos.

Amplificando tu conciencia puedes elevarte fuera del alcance de las flechas de tus actuales enemigos. Es el resultado de subir, pero nunca olvides que aún tus pies apoyan la sal terrae. La oración es una coraza de fuego que, mediante la iniciación, se materializa después de haber purgado tus errores y sus consecuencias. Así, la piedad de Cristo libera a sus hijos de las oscuras redes de la confusión. Todo es causal, aún lo inexplicable de estas redes que todo lo cubren aquí abajo. Pero pese a todo eso la oración muestra los signos donde se reflejan los elementos de la verdad y abre tus ojos para lentamente vayas comprendiendo. Todo tiene un por qué, sólo es nuestra memoria perdida del Paraíso la verdadera causa de nuestra incomprensión. Hay un agente especial para cada paciente.

Todo reside en cómo comenzar. Tu espíritu y tu mente emocional deben nutrirse en el amor de Dios, que te hará brillar de fulgurante fuego, para dar el primer salto al peldaño de la escalera que conduce a la salvación. El amor es el verdadero fuego secreto de la oración. Ese Fuego interior es verdadera emanación de la energía primordial si se la evoca, invoca o convoca, siguiendo los disciplinados pasos de la tradición.

Así el buscador del deseado tesoro, con práctica y humildad, guiado por el santo temor, se convierte en un resonador del fuego primordial de la Santísima, Perfectísima y Eterna Trinidad. Ese fuego contiene los 4 principios que todo lo transforman, todo lo disuelven y todo lo coagulan.
Lentamente el eje de tu existencia se irá templando como una copa de cristal. Dime la calidad del cristal y te diré qué calidad de vibración puede resonar… Es uno de los misterios del don de la templanza.
La copa debe ser finísima para resonar y a la vez resistente para que el intenso fuego no la quiebre o dañe al vibrar. Esto se alcanza a través de la iniciación.

Recuerda: María es la puerta que conduce al Hijo viviente, que su leche purísima de fuego eterno nos alimente a cada momento. Que la piedad del Niño nos preserve de este tránsito en la materia.

La perseverancia es el secreto que coagula en dones espirituales el misterio de la fe.
Toma una copa con vaso circular y colócala sobre una piedra. Pon tu dedo índice sobre el borde y recorre su superficie completando el círculo una vez. La copa casi no vibrará.
Ahora moja la yema de tu dedo con una gota de aceite de oliva bendito (porta el Azufre /Fuego). Vuelve a repetir una vez la operación. El dedo se desplazará con mayor facilidad pero notarás que girando una sola vez la copa no resonará.
Ahora con perseverancia gira una y otra vez la yema de tu dedo sobre el borde de la copa. Una vibración comenzará a surgir, la copa temblará.
El dedo es la oración, la fuerza con que gira es la fe y su continuidad la perseverancia, la copa eres tú.
Dime qué calidad de copa eres y te diré la calidad de tu resonancia.

“Ante todo pídele con una oración muy constante que lleve a su término toda obra buena que comiences” (San Benito de Nursia, Regla). Así es, lo de arriba es igual a lo de abajo.

Bendiciones
Sergio Etcheverry

El crisol radiante que esconde el tesoro deseado Cartas de Sergio Etcheverry.